jueves 28 de julio de 2011
lunes 25 de julio de 2011
Entrevista con la primer mujer en el magistrado mas alto de Costa Rica
Laura Chinchilla tiene por delante uno de los desafíos más importantes, sino el más grande, de su carrera política. Por momentos, la espada de Damocles pareciera mostrar su filo sobre la líder y mujer más poderosa de Costa Rica.
Como la primera mujer presidente de un país tradicionalmente liderado por hombres, Chinchilla tiene la presión no solo de conducir el futuro político de Costa Rica sino también de avanzar el estatus de las mujeres en un país legendariamente machista.
De esta forma, su éxito podría preceder y abrir puertas a muchas mujeres que aspiran involucrarse en las altas esferas políticas de Costa Rica y América Latina. Pero, a su vez, cualquier traspié o decisión no suficientemente consensuada será juzgada más fuertemente que el fallo de cualquier hombre en el poder. Sin embargo, habiendo sido vice ministra de seguridad y la primera ministra de seguridad publica en el país, esta es una presión a la que ya está acostumbrada.
Durante la campaña presidencial del 2009 y 2010, ciertos rumores indicaban que parte de la población estaba intrigada con la idea de tener a una mujer en el poder mientras que ciertos sectores dudaban de que Chinchilla pudiera desempeñarse en el magistrado más alto del país. Sin embargo, la mayoría popular se expresó el 7 de febrero de 2010 a favor de Chinchilla, apoyando con su victoria la continuidad del modelo de país propuesto por su predecesor Óscar Arias.
“La mayor fuerza que me hizo ganar esta campaña presidencial fue la fe en este pueblo, en Costa Rica. Me parece que es un pueblo excepcional en el marco de las naciones”, dijo Chinchilla desde su elegante oficina en la Casa Presidencial.
Sus apasionadas gesticulaciones y modales serenos dejan traslucir, en parte, el manejo físico con el que debe enfrentar día a día su rol de líder político del país.
Llegando al final de su primer año presidencial, Chinchilla enfrentó nada menos que un serio conflicto en la frontera con Nicaragua y los estragos de una crisis financiera mundial.
Nacida en San José en 1959, Laura Chinchilla es la hija mayor del ex-contralor de Costa Rica, Rafael Ángel Chinchilla fallas y la única mujer de cuatro hijos.
“Mis hermanos dicen que yo era la mandona, y esa es la palabra que ellos utilizan. Yo creo que ahí posiblemente haya formado ese carácter de estar dando un poco de órdenes”, dijo Chinchilla con una sonrisa en el rostro. “Y algo que también fue muy importante fue el hecho de haberme criado entre hermanos varones, porque papá y mamá nunca hicieron ninguna distinción entre la forma en que me criaron a mí y en la que criaron a mis hermanos”.
El involucramiento social y la formación política empezaron temprano en la vida de Chinchilla. Durante el colegio y la universidad ella contribuía con numerosas causas, como las de ayudar a organizar las campañas de sus compañeros durante las elecciones estudiantiles y a organizar eventos culturales. Al crecer, empezó a refinar sus ideas políticas y a adquirir más herramientas que la llevaran a la acción. Así es como Chinchilla desafió incluso al partido con el que luego asumiría el poder - Partido Liberación Nacional - durante sus años de estudiante de la carrera de Ciencias Políticas en la Universidad de Costa Rica. “En la universidad me volví muy contestataria a las cosas que ellos defendían y provoque alianzas sobre todo con partidos un poco más hacia la izquierda”, mencionó Chinchilla.
Desde su juventud, Chinchilla admiraba la fuerza y el liderazgo de Margaret Thatcher, aunque no concordaba con la totalidad de sus posturas e ideario político.
La vocación de servicio y afinidad al mundo de la política creció aun más durante sus años universitarios, cuando aun varias guerras civiles e innumerables situaciones de conflicto político rugían en Centroamérica, incluyendo el levantamiento Sandinista en Nicaragua y las luchas civiles en El Salvador y Guatemala. “Me tocó vivir con gran intensidad lo que fue la guerra en Centroamérica y sobre todo la guerra contra la dictadura de los Somoza”, dijo Chinchilla, quien colaboró activamente y en conjunto con organizaciones de derechos humanos en la asistencia legal y colocación de refugiados en Costa Rica durante aquellos años macabros. “Fui muy activa, diría yo, en lo que fue la época universitaria en cuanto al tema de la política sobre todo centroamericana, que fue la que de alguna manera más marcó a la generación mía”, dijo la mandataria.
Han pasado aproximadamente veinte años desde su debut como funcionaria pública. Según explica Chinchilla, parte de su trabajo en materia de seguridad pública ha contado con la influencia y “orientación intelectual” de su esposo, José María Rico, experto en políticas de seguridad y justicia. Chinchilla atrajo la crítica tempranamente y fue catalogada como “alarmista” cuando predijo el alza del crimen organizado en Costa Rica décadas atrás mientras era ministra de seguridad.
El rechazo, más que una contra argumentación, se basó en el temor a que las inversiones de capitales extranjeros en el país y la enorme industria del turismo fueran ahuyentadas.
“Bueno, vea veinte años después lo que está pasado,” dijo Chinchilla.
Durante su campaña política, sufrió críticas de numerosos sectores, desde donde muchos la etiquetaban como “la marioneta de Oscar Arias”, anterior presidente de Costa Rica y ganador del premio Nobel de la Paz. De este modo, la crítica dudaba que ella pudiera brindar nuevas ideas y motivar cambios de asumir la gestión presidencial.
“Esa es una discusión que no ha tenido nunca fin. Si me ven muy cerca de él (Arias) dicen que es que me está dando órdenes, si me ven un poco más distante dicen que es que nos peleamos”, dijo Chinchilla. “Pero yo quiero decirle, claro que posiblemente tenga que ver un poco el hecho de ser mujer.”
Llamarla “la marioneta” fue el principal ataque de sus contendores de acuerdo a Chinchilla, “eso nunca se lo hubieran dicho a un hombre, pero a mí sí,” enfatizó. “Aun así hay cosas que me han aconsejado dejar de hacer y yo no las voy a dejar de hacer porque me parece que un país tiene que irse acostumbrando y tiene que ir entendiendo como somos las mujeres.”
Sin embargo, ella trata de caminar en la línea del medio, en la cual debe mantener siempre un atuendo conservador y, a su vez, abstenerse de ciertos eventos sociales para conservar su imagen como mujer.
Pero hay otras cosas en las que Chinchilla dedica su tiempo de manera prioritaria, incluyendo la necesidad de reducir el crimen en los barrios y comunidades, y de combatir los efectos severos que ha tenido la crisis financiera mundial y nacional.
Como miembro del partido Liberación Nacional (PLN), Chinchilla dice comprender la necesidad de una convergencia entre el mercado y el estado. Su postura de centro izquierda intenta unir ideologías y promover metas de bien común, justicia social y equidad ciudadana. También insiste en que el análisis y aplicación de las políticas públicas deben incluir la dimensión social, de vital importancia a la hora de implementar dichas políticas de manera exitosa.
Aun es muy pronto para decir cuáles serían algunos de los impactos sociales de las políticas que Chinchilla ha movilizado, como la reforma de impuestos cuyo propósito ha sido afrontar el déficit fiscal de $2.3 billones de dólares desde inicios de este año. De acuerdo a sectores opositores a esta medida, incluyendo algunos miembros del PLN, esta iniciativa de Chinchilla ha sido catalogada como un peso demasiado grande para el pueblo de Costa Rica.
Estas y otras ideas futuras serán probadas rigurosamente mientras la presidente Chinchilla entra a su segundo año de gestión presidencial. Ella afirma que en la política las ideologías deben ser relativistas o más bien centralistas. “Desde el momento que consideramos un marco rígido para orientar nuestras acciones, perdemos la posibilidad de enriquecernos con las buenas ideas de otras corrientes,” dijo Chinchilla.
miércoles 20 de julio de 2011
domingo 10 de julio de 2011
Mi secuestro
Durante mis investigaciones en Haiti, termine siendo parte de la noticia. Pero todo salio bien. Presione aqui para leer el articulo.
lunes 21 de febrero de 2011
Mi entrevista con la primer mujer presidente de Costa Rica
At times, Laura Chinchilla feels like she has the sword of Damocles over her head. As the first female president of a country that has until now been led by men, the pressure is on for her to not only lead Costa Rica, but advance the status of women in a traditionally male-dominated society. If she succeeds, it might open more doors for women in Latin America. If she fails, critics might judge her more harshly than they would a man.
It’s a pressure she is familiar with, having been the vice minister of security, and later the country’s first female public security minister. Rumblings in the street during the 2009-2010 presidential campaign seemed to indicate that some people were both intrigued by the idea of a woman president and still doubtful she could succeed at the highest political level.
“The biggest strength during my presidential campaign was my faith in my people, in Costa Rica. It is to me an exceptional country among nations,” she told The Tico Times, speaking across a small but fancy table in her well-appointed presidential offices. The ease and elegance of her manner belies the kind of pressure she is under, as she deftly handles discussions with representatives from the most powerful sectors of Costa Rican economy on a regular basis.
Nearing the end of her first year as president, Chinchilla is facing a serious border skirmish with Nicaragua, and the lingering effects of a worldwide financial crisis.
Born in San José in 1959, Laura Chinchilla, 53, is the oldest daughter of a former comptroller of Costa Rica, Rafael Ángel Chinchilla Fallas, and the only female among four siblings.
“My brothers say I was bossy, that’s the word they used,” Chinchilla said. “But the fact that my mother never made a distinction between me and my brothers is what made the difference for me.”
The makings of a political life came early for a young Chinchilla. During high school and college, she campaigned for classmates during school elections and she organized cultural events. As Chinchilla grew older, she began to refine her political ideas.
“During my time at the university I became an agitator in my group... I pushed for alliances with mainly left-wing groups,” she said. Still, from an early age Chinchilla had admired the strength of the “Iron Lady,” as British Prime Minister Margaret Thatcher was known, though she did not agree with all of her conservative political viewpoints.
Chinchilla’s affinity for politics became stronger during her college years, as several civil wars and innumerable political upsets roared throughout Central America, including the Sandinista uprising in Nicaragua, and civil wars in El Salvador and Guatemala.
“I lived with great intensity the Central American wars during those times, especially the war against the Somoza dictatorship,” she said. Chinchilla and her like-minded friends helped refugees fleeing from political unrest find shelter and legal aid.
“During college, Central American politics was what marked my generation,” she said.
Twenty years have passed since she first sought government office. Security matters appeal to her most, thanks to “an intellectual orientation” from her husband José María Rico, a penal code expert from Spain. She attracted criticism early on and was called “alarmist” for predicting the rise of organized crime in Costa Rica amid general fears that her pronouncements would scare off international investors.
“Look what happened twenty years later,” she said.
When she began her presidential term last May, critics labeled her “la marionetade Oscar Arias,” or a puppet successor to the previous Nobel Prize-winning president. They doubted she would bring new ideas to the job.
And here, perhaps, is one of the times that Chinchilla admits to one of the realities of being the female leader of a still-patriarchal country – the refusal of many to believe she can lead on her own because of her gender.
“This is a discussion that has seen no end. If people see me too close to [Arias], then I am taking orders from him. If they notice me distant, then we are fighting,” she said. “I do want to tell you, of course, that it is possible that the fact that I am a woman has to do with it. During my campaign, the principal attack from my opponents was to call me, ‘the Marionette of Oscar Arias.’ They would have never said that if [the candidate] had been a man; but they said it to me.”
Coming to terms with a female in power is something the entire country is going to have to do at some point, she said. Projections of weakness would “not [be] convenient” for the country. Thus, she tries to walk a middle line, one where she adheres to the conservative dress code on one hand, but on the other, continues to attend concerts and special events that project a down-to-earth image.
“It seems to me that it’s about time the country gets used to and understands how we women are,” she said.
But there are other things Chinchilla knows she needs to concentrate on, including the need to reduce crime in communities, partially a result of an economy that has suffered from ongoing financial crises at home and abroad.
A lifelong member of the National Liberation Party (PLN) – a group that Chinchilla said understands the need for convergence of the market and the state – her left-of-center approach is to unite ideologies along the goals of common good, social justice and integrity. Analysis of public policies and their social effects is vital, she said.
“It’s not just the topic of economic efficiency and competitiveness, but also its impact on society,” she said.
It’s still too early to tell just what the social impacts will be of some of the public policies she has set in motion, like a tax reform plan meant to address Costa Rica’s $2.3 billion fiscal deficit but which detractors, both in and out of the PLN, have said is unfair and a burden on Costa Ricans (TT, Jan. 21). The “solidarity” tax reform, presented to lawmakers Jan. 17, has yet to overcome many bureaucratic hurdles.
The solidarity behind this and future ideas are bound to be tested rigorously, as President Chinchilla moves into the second year of her four-year term. In politics, she said, political ideologies need to be relativistic.
“From the second we consider that a rigid frame has to orient our actions, we lose the possibility to enrich ourselves with all the good ideas that come from all currents of thought,” she said.
viernes 7 de enero de 2011
“Crónica de la ciudad de México”
En un café del barrio de Talplan en la ciudad de México, intentaba evadir la ansiedad de su sobrepoblada nube de citadinos y emisiones que humean y hormiguean la vista.
Mientras esperaba por un tinto, dos señores mostachudos como Nietzsche hablaban con gesticulaciones italianas al lado de un librero. Conversaban con sonora satisfacción, como lo hacen esos poetas que se la pasan limándole cabos a algún verso o pidiéndole un apostrofe a un poema francés.
A pesar de las piruetas que hacían al hablar, me llamó más la atención un pequeño librito azul que esperaba cómodamente en el librero. Lo tomé para que me acompañara y así dejar de vinear lo que hacían aquellos viejillos en el café.
El libro estaba lleno de historias que sonaban a verdad. Tenía referencias históricas acompañadas de realismos mágicos de esos que se leen con tinta oscura y nos recuerdan que la existencia se rodea del sufrir. El libro había sido escrito artesanalmente por Eduardo Galeano, maestro de la literatura latinoamericana, a quien aparentemente yo era el único en el mundo que no lo había leído.
Abrí la página con el título “Crónica de la cuidad de México”, como esperando reconocer algo familiar en el mapa de su historia. Sin embargo, encontré este relato de tira cómica:
Medio siglo después del nacimiento de Superman en Nueva York, Superbarrio anda por las calles y las azoteas de la ciudad de México. El prestigioso norteamericano de acero, símbolo universal del poder, vive en una ciudad llamada Metrópoli. Superbarrio, cualunque mexicano de carne y hueso, héroe del pobrerío, vive en un suburbio llamado Nezahualcóyotl.
Superbarrio tiene barriga y piernas chuecas. Usa máscara roja y capa amarilla. No lucha contra momias, fantasmas ni vampiros. En una punta de la ciudad enfrenta a la policía y salva del desalojo a unos muertos de hambre; en la otra punta, al mismo tiempo, encabeza una manifestación por los derechos de la mujer o contra el envenenamiento del aire; y en el centro, mientras tanto, invade el Congreso Nacional y lanza una arenga denunciando las cochinadas del gobierno.
Pensando que Superbarrio era tan solo parte del folklor urbano chilango, pregunté por ahí por este revolucionario panzón con capota del cual hablaba ese uruguayo en su crónica. Mis preguntas me llevaron al restaurante de un ex-guerrillero de Chihuahua, miembro fundador del PRD (Partido de la Revolución Democrática) y ex-diputado federal, quien dicen por ahí se presentó usando una máscara de cerdo en un salón de sesiones para denunciar uno de los fraudes electorales más escandalosos de la historia de México.
Así fue como llegué ya entrada la noche al restaurante Peces en la colonia Roma del Distrito Federal. Desde mi entrada al elegante antro, mezcla de restaurante gourmet y fonda, espiaba buscando algún antifaz, una capa, o alguna panza inmensa que delatara la identidad secreta de ese superhéroe.
De la ventana de la cocina, con graciosa torpeza, se asomaba y escondía una cabeza barbuda que entre cacerolas y ollas humeantes salía a servir platos llenos de chapulines y mariscos mientras tenía conversaciones llenas de caos y cacofonías con los comensales.
Políticos, ejecutivos y artistas llenaban las mesas, que parecían siempre reservar una silla vacía para las esporádicas visitas del chef y anfitrión, quien iluminaba la conversa con anécdotas e historias de su pasado y presente. Discusiones existenciales, vinos y paladares se entreveraban en cenas eternas que violaban en todo sentido el concepto de comida rápida. En mi rincón, mesa para uno, varias copas de vino hacían las veces de acompañante y excusa perfecta para no abandonar el lugar.
Ya cerca de cerrar, mientras esperaba la cuenta, saltó una vez más aquella cabeza, pero ahora del bar del restaurante. “Oye, ¿gustas probar un trago de Jäger...? (y yo, que nunca me he negado a un trago, estaba sentado en la barra antes de que la sonriente cabeza pudiera terminar de decir “meister?”).
“¡Mae me encanta el Jägermeister!” dije sentándome en la barra como quien se monta en la arepa voladora. “¿Y tú de dónde eres?” me preguntó.
Debí haberle contestado.
Me contó de sus mil estrategias de guerra y emboscadas políticas, con rostro nostálgico, como quien padece de la obsesión de alguna balada. Así, conversamos acerca de los tres años que pasó en la penitenciaría de Chihuahua por comandar una agrupación guerrillera urbana, que, entre otras actividades asaltaba bancos a mano armada para conseguir municiones que mantuvieran sus ideales políticos y de justicia social.
Relatos de como sobrevivió la guerra sucia de los años 70 y de su intromisión en el periodismo político, así como de la lucha por la libertad de expresión y la legitimación de las radios libres y comunitarias encajonaban la conversa.
Salir en defensa de desalojados en la Ciudad de México, fundar la Asamblea de Barrios, ayudar a reparar los estragos del terremoto de septiembre del 85 o ser diputado federal de la legislatura parecieron haber sido eventos de igual importancia para este personaje de suave energía y aspecto exterior digno y solemne.
Pareciera haber vivido muchas vidas empopeyadas, llenas de pesares y aventuras, que ahora cuenta con el bálsamo de la risa al hablar.
Enseguida me di cuenta de que este quejoso denunciante crónico y chef panzón era en realidad un verdadero superhéroe como lo hacía sospechar esa “tira cómica” que leí; y como todo borracho que defiende sus delirios, le entregue en un tono serio la pregunta: “¿Y qué me dice del cualunque encapuchado Superbarrio?”
“Marco Antonio Rascón Córdova, su servidor,” me dijo.
“¿Y qué me dice Marco Antonio Rascón Córdova?”, pregunté.
“Que el gobierno más difícil es el de uno mismo. ¡Ese esta cabrón!”
domingo 28 de noviembre de 2010
Uyuni
En Bolivia, se dice que cuando Neil Armstrong descendía de la Luna lo primero que vio fue el Salar de Uyuni. Dirigiéndome hacia Chile y dejando atrás las tragedias que gritan en Potosí, me encontré con este impresionante desierto de sal. Había ya cruzado 25 kilómetros desérticos antes de llegar a la planicie blanca que se extendía como una página vacía.
Solo unos pocos cruces oficiales separan a Bolivia de Chile, y el más cercano a mi destino marcaba al salar de Uyuni en el mapa. Desde allí buses y trenes de escasísima frecuencia llegan a la ciudad chilena fronteriza de Calama.
El salar de Uyuni es un mar de sal. Un desierto blanco de sal tan espesa, que pareciera congelar al mar haciéndolo sólido y creando su suelo de escaso espesor transitable. De hecho, se trata del mayor desierto de sal del mundo, y habita a más de 3600 metros de altura en la Cordillera de los Andes. Hace 40 mil años fue el lago Ballivian, pero las dimensiones del salar lo asemejan más a un enorme mar congelado por los años y los cristales de sal.
La impaciencia y el pasar del tiempo que esfumaba mi viaje me obligaron a tomar mis cosas y emprender el cruce a pie. Al cruzar, los minerales y la sal de este mar muerto parecían juntarse con el sol en mi contra, deshidratándome y marchitando mis pasos. Estar en el medio del salar es como imaginar estar en la nada, un sinfín blanco, una expansión interminable que se interrumpe por unas cuantas islas y tumbas de otros salados quienes no sobrevivieron este peregrinaje.
Así es como un sinnúmero de islas interrumpen la monotonía de sal, entre las cuales están la isla del Pescado e isla Incahuasi, bautizadas por grupos aymaras aledaños y pobladas casi exclusivamente por cactus gigantes de más de 10 metros de altura.
Una vez en el límite fronterizo con Chile, la única manera de llegar al otro lado es tomando un bus. Una vez en el (por supuesto) destartalado y frío casillero con ruedas, pasamos por el puesto migratorio de interpol Chileno antes de entrar a la tierra de Neruda.
En Chile, al igual que en muchos países de América Latina, ser blanco garantiza un trato diferente y privilegiado. Y es aquí donde me quito las vendas y los guantes de los puños.
De la constelación de razas que había en el bus, solo los blancos parecíamos brillar. Los de piel más oscura fueron segregados y separados a otra fila, sin siquiera preguntar su nacionalidad. Se trataba de la fila de “sospechosos del interpol”. Porque ser oscuro es sospechoso para el retrograda e ignorante interpol de Chile.
El complejo que tienen los trigueños del país los ciega, los hace pensar que son tan europeos que se olvidan que en Europa ellos son los oscuros, los limpia botas, los lava carros, los cuida niños, los marginados.
El oficial de interpol, hechizado por sus prejuicios, me atendió primero aunque yo no era el primero de la fila (pero soy blanco). Me sonrió, selló mi pasaporte y me dio la bienvenida al país. Por esa fila pasaron unos cuantos gringos después de mí. A todos los blancos nos obligaron a regresar al bus para que no viéramos los abusos y las interrogaciones a los amoratados. Uno a uno salían llorando, hombre o mujer. Sin poder ayudarse entre ellos y sin tener como regresar a su país desde esa frontera desértica, muerta y tan polvorienta como el libro de ética del interpol chileno.
Uno de los muchachos bolivianos que venía en el bus fue escoltado al desierto, fuera de las oficinas, después de ser requisado. Al ver su espíritu quebrado decidí seguirlo para ver como estaba. “Qué pasó mae?” Le dije. “Pues soy boliviano y me dicen que los bolivianos somos una plaga”, dijo con los ojos llenos de odio, dolor y lágrimas, mientras lo fotografiaba. “Dicen que un boliviano no tiene suficiente dinero para visitar Chile”.
Luego me dijo su nombre - Ismael Marca.
¿“Cuánto dinero le pidieron?” le pregunté. “Quieren veinte dólares americanos”, me dijo. “Un soborno”.
Fui con él de regreso a conversar con el oficial de interpol, quien lo trataba como un perro, a gritos, abusando de su posición.
¿“Cuánto dinero necesita mi amigo para cruzar? Nosotros venimos juntos” le dije. “No, él no califica como visitante en este país”, dijo de forma despreciativa.
Tirándole cien dólares en la cara, le dije, “ es plata lo que querés?” Tenés tanta hambre que le querés quitar a él lo poco que trae, hijueputa?”
Nuestros egos, sin piedra que los ayude a tropezar, se gritaron en esa oficina de mierda, que en medio de la nada es escoltada por obispos del prejuicio.
La intervención de otros oficiales, buitres alterados por la procesión de madres que yo estaba convocando, rojo de rabia, nos retiraron a Ismael y a mí. “Este no es su asunto,” me decían, “déjelo ir”.
A Ismael lo enviaron a Bolivia y a mí derecho al bus.
Me empañan los recuerdos de Costa Rica cuando veo cómo se trata al nicaragüense allá. Igual que como se trata al boliviano en Chile. Y es que hay que ver lo que sufre el latino que emigra, el que se va abrigado solamente por su propio alma, profesando sollozos con su triste sombra como para regresarlo como una bestia de batallas, cojeando de regreso a su opresor. Lo peor de todo, es que el opresor tiende a ser otra nación también oprimida.
Se dice por ahí que América Latina se debe unir, pero lo que se dice por ahí solo retumba en el vacío.
Nos seguimos vaciando unos de otros.
El Cerro Caníbal de Potosí, Bolivia
Potosí es una de las ciudades que tiemblan en el aire más altas por elevación del mundo.
Una ciudad que parece aldea, mirada desde arriba por una montaña que come hombres: el Cerro Rico.
El frío de la altura del altiplano boliviano entume las bruscas vías que llevan a esa montaña llena de cavernas, en las que por necesidad y en busca de terrones de tierra prometida se les ha resbalado el alma a tantas personas.
Descubierta en los 1540s por los españoles con sed de fortunas y evangelización, el Cerro Rico de Potosí, o Sumaq Urqu (“Cerro Hermoso”, en su original quechua), ha sido testigo de una de las tragedias humanas más grandes de América Latina. A más de 4000 metros de altura y azotado por uno de los climas más inhóspitos de los Andes, el Cerro Rico fue uno de los yacimientos minerales más importantes del mundo, produciendo más del 50 % de la plata del mundo entero hacia fines del siglo XVI.
En los interiores de este infierno, un sinnúmero de minas entrelazadas se entretejieron desde el inicio de su explotación. Como un verdadero hormiguero humano, fue un castigo para los indígenas desde su descubrimiento, que fueron traídos de a miles para ser esclavizados en un trabajo cuyo destino inequívoco consistía en la muerte. Así, la desolada montaña Andina se convirtió poco a poco en un centro desordenado de esclavización y barbarie, tumba indígena por excelencia y motivo de riquezas y ostentación de la madre patria.
Es en los adornos de plata de las iglesias españolas de aquella época que se ha grabado la sangre indígena por siglos, así como en otras riquezas que cruzaron el Atlántico en ese entonces.
Si bien la mayor cantidad de plata ha sido explotada en aquellos tiempos de colonia, las minas del Cerro Rico siguen castigando a su pueblo con restos de plata que ansía ser extraída. Así es como, hasta el día de hoy, estas minas mantienen atados a cientos de trabajadores que esperan progresar y sacar a sus familias de la miseria.
Propiedad del Gobierno Boliviano, la mina Pailaviri es una de ellas. Dividida en 17 niveles, esta mina llega a una profundidad de 240 metros y posee en sus entrañas temperaturas de alrededor de los 45 grados, haciéndola una verdadera garganta infernal.
Es en los interiores de esta mina de acceso turístico donde se encuentra una estatua demoníaca llamada el “Tío”, poseedora de las minas y cicatriz imborrable de tantos temores y muertes allí selladas. Si bien la plata ha sufrido devaluaciones y revaluaciones en el mercado internacional, su cotización a la fecha es de casi 20 dólares estadounidenses por onza troy (equivalentes a unos 31 gramos).
No pasó mucho tiempo sin que conociera personalmente las tragedias del pueblo potosino, que por tantos años no ha hecho más que gemir con los ojos frente a un espejo social que no los refleja.
La primera persona que conocí fue la Licenciada Paulina Ibeth Garabito, una señora inteligente, de apariencia humilde, quien aprendió todo de su madre y vive acompañada de gatos y de las tragedias que sufren las mujeres de esta cuidad machista y tantas veces violada. Ella está a cargo de una organización que se dedica a ayudar a las familias de los mineros de Potosí, conocida como MUSOL (Solidaridad Para la Mujer, invertido).
Cuando la injusticia social es aceptada abiertamente, es de gran valentía alzar la voz para deshilvanar sus orígenes y denunciar sus terribles efectos en las vidas de la gente. Así es como surgió MUSOL desde la voz de una mujer que ya no quiso mirar para otro lado.
El trabajo de MUSOL, comandado por la enorme entrega y dedicación de Ibeth, no hace denuncias inconsistentes al viento, sino que realiza una tarea pseudo-antropológica de investigación y a la vez exhibe sus hallazgos para hacer denuncias con sustento y exigir cambios concretos. Así es como se registró la existencia de una compleja red social marginal trabajando y muchas veces viviendo en el Cerro Rico. En este entramado perverso e insalubre, están adheridas las mujeres Palliris, que son trabajadoras mineras de alrededor de 50 años que pasan sus días recogiendo mineral de plata que queda como residuo de la extracción primaria, y muchas veces trabajan en el interior de la mina codo a codo con los hombres. También habitan allí mujeres “guardabocaminas”, trabajadoras asalariadas de las cooperativas mineras y/o empresarios privados cuyo rol es el de cuidar las bocas de mina y los depósitos de herramientas. Ellas viven en el mismísimo infierno. Habitan el cerro junto a sus familias de manera permanente y en condiciones de insalubridad y hacinamiento.
Aunque inimaginable, a los 4.400 metros de altura de este núcleo de contaminación hay niños viviendo y trabajando. Privados de sus necesidades básicas de salud y educación, los hijos de las mujeres que allí trabajan, así como los hijos de nadie, pueblan el Centro Infantil de Niños Caracoles, ubicado en este cerro maldito. Si bien un dicho común a nivel mundial es que “los niños son el mañana”, el espanto de la realidad vivida por estos niños “caracoles” les cierra las posibilidades de cualquier futuro digno. También están las viudas de los mineros allí fallecidos y, por supuesto, los moribundos (y no tan moribundos aun) mineros. El gran trabajo que realiza MUSOL es quizás una de las únicas esperanzas que quedan en este lugar.
Cuando llegué a su oficina, que es también su casa, a pedir información acerca de la explotación minera sufrida por niños, mujeres y hombres de la ciudad de Potosí, una vez en su sala, me encontré con dos mujeres, que vistiendo trapos tristes desataban la voz. Madre e hija le contaban a la licenciada la historia de cómo en la mina el marido y padre había encontrado la muerte. Trabajando 16 horas por día en cuevas que se esconden del sol, este hombre taladraba lo que pronto sería su sepulcro.
La deuda de un funeral humilde pero digno les había quitado la casa en la que vivían, junto a cinco niños, quienes ahora engranaban en el círculo perverso y debían trabajar en la mina para ayudar a alimentar a la familia. Ellas, entre quechua y castellano, narraban con palabras que se convertían en garabatos, la historia de cómo la cooperativa se negó a pagarles una indemnización o seguro por la muerte del esposo y padre de familia, quien murió en manos de la explotación del despiadado sector privado, invisible a la hora de cumplir promesas y pagar lo que se debe. Cooperativas manejadas por buitres de indecible cobardía que abusan de la pobreza del pueblo que llega con mil ilusiones de prosperidad grabadas en la cabeza y el alma.
Al igual que esta familia fragmentada por la pobreza, conocí a muchas otras personas a las que las minas les arrebataron sus esposos e hijos en un suspiro, tragándolos la montaña.
Natividad Quendo, vive en el barrio más pobre de los pobres de Potosí, construido en un cerro que solía ser el depósito de basura de la cuidad, y es ahora, un depósito de lo que se sigue desechando en el país de Bolivia; su gente pobre, sus indígenas.
Natividad tiene dos hijos, ella trabaja lavando ropa ajena cuando el clima helado o polvoriento se lo permite. Su esposo, Félix Quispe, trabaja ceñido por los grilletes de la mina, con el polvo y el cansancio impregnado en sus pulmones. El día de mi visita, sin embargo, no lo encontré trabajando, sino padeciendo las penas de su labor de minero. Allí, en la camilla de un hospital en el que el viento no cambia el aire. Él no estaba en la mina ya, sino más bien la mina estaba en él. No tenía polvo bajo sus pies, sino dentro de su pecho. Vomitaba sangre al lado de su cama mientras un tanque grande de oxigeno le agarraba el alma al cuerpo. Vociferando frustración y cabeceando cansancio contaba con esfuerzo sobre las desgracias del minero, que armado de polvo y esfuerzo se convierte en un mendigo al que dios no le envía más que dinamita, pólvora iracunda y cadencias mortales para compensar su mansedumbre.
Él ha vivido en la mina, luchándola con sus hambres y pagando con su salud por el hecho de querer vivir dulcemente, deseo que se le escapa mientras el mal de mina lo acuesta a pedazos reduciéndolo a un antropoide.
Natividad esperaba afuera del hospital, segura de que cuando se percataran que andaba con un periodista merodeando el lugar la echarían y no la dejarían volver a entrar a ver a su esposo. Al salir, la encontré cubierta con un poncho y un firme pésame en los ojos, que tenían un gajo de dulzura y desesperación, mientras me contaba que los doctores le habían dicho que lo de su esposo era terminal.
Ella, que tuvo el valor de ser mujer, envuelta en su poncho inmenso, se veía indefensa e incurablemente desolada, retumbando en el vacío que dejaría su marido cuando se convirtiera en un ánima y la dejara sola como una estatua de sal.
Ser testigo de su dolor fue solo una fracción de lo que vi en Potosí. Como ella, conocí a muchas mujeres viudas o casi en vela, que tienen hijos tan pequeños que aun huelen a barro, resolviéndose bajo el veredicto del hambre, con sus miradas perdidas en algún sueño de prosperidad, revelando al mundo sus orfandades y míseras soledades.
Y la comparación fue ya inevitable.
Si bien existen enormes abismos entre Bolivia y Costa Rica, el afán minero se deja ver en ambos países. En Bolivia, se intenta rapiñar en las ya cansadas minas de plata del Cerro Rico de Potosí. En Costa Rica, y en aras del "desarrollo", se está tratando de instalar una visión de los beneficios económicos de la minería a cielo abierto, como en el caso del proyecto minero Crucitas en San Carlos. A diferencia de las profundidades endiabladas del Cerro Rico que me tocó vivir, lo que se propone con Crucitas, a través de liderazgo indirecto y asesoría de la empresa canadiense Infinito Gold Ltd, es la extracción de oro a cielo abierto por el ya conocido método de lixiviación con cianuro. Si bien no es mi propósito aquí el de explorar los impactos de este reconocido veneno para toda forma de vida (me refiero al uso de grandes cantidades de cianuro para buscar ínfimas cantidades del tan codiciado metal dorado), sí quiero hacer un llamado de atención al respecto. Así como la disolución de las fuerzas armadas hizo de nuestro país uno de los más democráticamente estables (o nos dio esa fama) en el cruento escenario golpista latinoamericano de los 70s y 80s, la visión conservacionista de nuestros recursos naturales y biodiversidad ha marcado a Costa Rica como un país visionario en su entorno. Luego de ver y sentir los estragos de la minería, me atrevo a decir que sería un grave error abrir esas puertas en Costa Rica, puertas que una vez abiertas no se cierran más, como en el caso de Potosí y sus desgraciadas minas que desde cientos de años han condenado a su gente.
Las injusticias que se viven en Potosí le pintan lágrimas en la cara a cientos de personas que están bajo la opresión de gente nacida para vivir de la muerte de otros, cooperativas de zopilotes que no conocen el color de la sangre de quien sufre y come carbón, sudando penas por su causa avara que los revienta a expensas de sus lastimas. Imperialistas de costumbres, que como perros mal moribundos marcan el territorio con la orina de la explotación. Empresas como Mankiri, compañías mineras como Comisol y las cooperativas que se han dejado corromper y que sirven para la cena un plato vacío de hambre por un lado y de sed por el otro, engañando a familias indígenas que no tienen quien los asesore legalmente.
Porque los pobres de Potosí al igual que los de Costa Rica son, para ellos, “gentecita” alumna de la ignorancia, rectores de los capítulos analfabetos de la explotación en América Latina, que “aparentemente” no tienen otra opción que gemir con la mirada para intentar poblar su desolación.
Partí de Potosí con el llanto en el pecho, prefiriendo usar el lenguaje entremezclado con la metáfora, para así no exponer mi experiencia en crudo, sino más bien sugerirla, y llenar estas crónicas de verdad, que es una semilla. La verdad es una semilla.
miércoles 8 de septiembre de 2010
La Paz y sus guerras: Bolivia a contraluz
En estas crónicas del sur, el relato se agranda enfáticamente en la desigualdad al usurpar en las entrañas de América Latina.
El viaje, que empecé con el propósito de reconocerme en otros, se ha convertido en un eco del cual ya no quiero ser parte. Un eco que repite el intolerable reflejo de los espejos de la segregación étnica y la desigualdad económica angostando los derechos del pueblo de América Latina.
Inicialmente, al llegar a La Paz, sede no capital boliviana pero coronada por el poder ejecutivo y legislativo del país, me aprontaron sus laberínticos mercados ofuscantes; donde la plenitud cultural indígena se conjuga con una necesidad evidente, y los cantos y colores de la calle desbordan en la venta de artesanías y cultivos, que son, al parecer, los que mantienen el poco acceso económico de la mayoría de su gente.
La cuidad esta de llena de casas que andan sueltas por montañas rocosas. Tiene zonas bohemias, zonas turísticas y rurales. En las mañanas se ve algún carajillo corriendo a comprar pan para el abuelo y se avistan los rostros de indígenas que hormiguean sin ton ni son dando pasos staccatos al caminar por la cuidad, mientras juntan sus pobrezas para luego ir a venderlas.
Sin embargo, no hay vastedad para que la gente pueda mantener a sus familias con lo que se gana vendiendo hojas de coca en un mercado o mendigando en la calle, lo cual lleva a los sueños de sus hijos a hacer fila en estos micromercados de menor importancia, que compiten de forma tímida mientras la suerte de alguno se come el alma de su vecino.
En un país en el que la explotación es evidente de buenas a primeras, es fácil como visitante querer evadir sus realidades y dejarse llevar por el marketing de las aéreas turísticas, que como el pie al lodo, esconde (pero no) una ferviente injusticia social. Como cuando entrando a un bar junto a un grupo de gente se aseguraban de que no fuéramos bolivianos, ya que aparentemente el dinero del indígena no tiene valor monetario, tirando así prejuicios de piedra y fortaleciendo el abismo entre el indígena y el blanco o extranjero. Ver a un boliviano disfrutar de las pocas atracciones de su país es tan común como ver un pájaro orejón.
En las calles de La Paz, al igual que en muchas de las ciudades importantes y no tan importantes de América Latina, se observan niños del tamaño de un meñique canjeando sus cantos y bailes indígenas por una moneda. Obligados, desplazados por el simple hecho de que sus familias viven en el estiércol, para no decir mierda.
Al llegar a mi hotel, en la zona turística de La Paz, me instalaron muy amablemente y hasta entablé cierta amistad con la dueña del lugar, quien no me cobró un centavo por mi estadía. Ella es, más bien, una influyente boliviana de clase alta refinada, cabellera monocorde y ojos vidriosos, a quien la presidencia de un indígena en el país la hace miserable y, según ella, llena al país con
de
ca
den
cias
Después de unos días de hospedarme en sus instalaciones, mientras estaba sentado en el lobby, entró una familia de turistas bolivianos, el padre de familia, a quien la barba le erizaba la cara, preguntó las tarifas del hotel para alojarse. Sus atuendos los delataban sin importar que tan erguidas y dignas fueran sus posturas.
El espectáculo era más bien manso de su parte. Pero a los portadores de estos rostros aborígenes, inmediatamente se les escoltó con notorio rechinamiento de dientes afuera del hotel, advirtiéndoles que “este antro”—que se encontraba cerca de desértico—estaba “completamente lleno”. Luego, la propietaria se refirió a sus recepcionistas (indígenas por supuesto) instruyéndoles casi con indignación que en ese hotel de categoría “dos estrellas” no se recibían indígenas. Respiró hondo y terminó su discurso aleccionador alegando que los indígenas son sucios y desprestigiaban esa clase de lugares. Mientras, sus empleados, dóciles y reverenciales, bajaron la cabeza como si les hirieran la vida.
Les habían herido la vida.
Hablando a quema ropa, se podría decir que en Bolivia, la dignidad humana es un juego de trapecio que amenaza a terminar como un tango.
No solo es uno de los pocos países del mundo que tiene una población casi en su totalidad indígena, sino también el país más pobre de América del Sur. Azotado por una brutal desigualdad en la distribución de la tierra y enorme miseria, Bolivia dio un giro político importante desde que Juan Evo Morales Ayma fue electo presidente en diciembre del 2005, y reelecto en el año 2009. “Evo” es el primer presidente indígena del país más indígena del mundo. Hijo de agricultores y criadores de llamas del poblado de Isayavi en el Departamento de Oruro, Evo creció hablando aymara, lengua de la etnia indígena homónima, que es además una de las más numerosas de Bolivia junto con el pueblo quechua.
Desde su primera elección, Evo despertó la atención del mundo, así como lo hicieran la nicaragüense Violeta Barrios de Chamorro, primera presidente mujer elegida en las urnas en América Latina, y Barack Obama, primer presidente de origen afro-americano en los Estados Unidos.
De formación sindicalista y parte del grupo fundador del Movimiento al Socialismo en Bolivia, Evo se ha propuesto hacer cambios radicales en la distribución de la propiedad de la tierra y la estatización de los recursos naturales, especialmente los hidrocarburos--nuevo oro de estos tiempos. Sin embargo, el modelo socialista propuesto por Evo no ha sido fácil de implementar, ya que los terratenientes bolivianos se aferran de manera intransigente a sus propiedades, tierras que han sido, en la mayoría de los casos, otorgadas en forma ilegítima en el pasado y han pertenecido a unas pocas familias hace ya muchas generaciones. Además de los terratenientes, los conflictos con diversas tribus indígenas por el reclamo de tierras también azotan al gobierno, así como el aislamiento, producto del anacrónico discurso antiimperialista sostenido a rajatabla por Evo.
La ciudad de La Paz suele ser el epicentro de todos estos conflictos. Allí es donde culminan las manifestaciones y los reclamos, allí es donde se toman las grandes decisiones. Allí es adonde llega el pueblo boliviano, armado de polvo y esfuerzo a exigir cambiar el carácter cíclico de las cosas y la circularidad del tiempo que incita a que la historia se siga repitiendo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




















